¿Es bueno tocar a los pequeños con autismo?


Aunque cada pequeños con autismo se comporta de forma diferente, muchos de ellos evitan el contacto físico.

El abrazo en el retraso

A diferencia de otros trastornos del desarrollo, como el síndrome de Down, los cuales son predominantemente cariñosos, “tocones” y besucones; en el autismo suele existir cierto nivel de distanciamiento con los demás.
Al principio se pensaba que este distanciamiento se debía a problemas del lenguaje, una especia de aislamiento autoimpuesto por el menor debido a sus limitaciones para comprender y compartir el mundo de los demás, basados principalmente en el habla.
Con el tiempo y la observación, se ha comprobado cómo existen otros niveles de separación en el autismo, tal y como en el caso del mundo emocional e incluso del contacto físico.
Con respecto al primero, al mundo emocional, los estudios señalan que estos pequeños parecen sentir como los demás, pero que tienen dificultades en integrar sus propias emociones y las de los demás.
Con respecto al segundo, el contacto físico, son muchos los que rehuyen de dicho contacto, sintiéndose violentados si se les trata de abrazar, incluso por los familiares más próximos.
Hay que tener en cuenta que el contacto físico no es sólo una forma de acercarse a otro, si no también de comunicar y compartir emociones. A través de ello podemos expresar cariño, protección e incluso amor, entre las emociones positivas.
Todo un mundo que parece “vetado” para estos pequeños que parecen “rechazarlo”, entonces ¿Es bueno tocar a los pequeños con autismo?


Vídeo Recomendado: El laberinto autista

Abrazando en el autismo

Esto es lo que se ha tratado de resolver con una investigación realizada desde el Department of Psychotherapy and Psychosomatic Medicine, Technische Universität Dresden (Alemania) junto con el Center for Social and Affective Neuroscience, Department of Clinical and Experimental Medicine, Linköping University (Suecia) y el Laureate Institute for Brain Research (EE.UU.)cuyos resultados se han publicado en la revista científica Psychiatry Research.
En el estudio participaron ciento treinta y nueve adultos, de los cuales setenta eran pacientes ambulatorios frente de diversa problemática, ansiedad, depresión,… y sesenta y nueve que actuarían como grupo control.
A todos ellos se les administraron una serie de cuestionarios, el primero para la detección de sintomatología depresiva denominado BDI II; el segundo para detectar sintomatología de autismo a través del Autism spectrum quotient; y uno último sobre las experiencias traumáticas durante la infancia a través del childhood trauma questionnaire (CTQ).
Igualmente sentados frente al ordenador, realizaban una tarea emocional de identificación de estímulos mientras recibían una estimulación táctil, registrándose el tiempo de respuesta.
Los resultados indican interferencias significativas en el desempeño de la tares cuando recibían estimulación emocional tanto entre aquellos que había sufrido maltrato durante la infancia como entre los que tenían sintomatología de autismo.


El abrazo entre los menores con autismo

Una de las limitaciones del estudio está en la selección de los participantes, al no existir un grupo de adultos diagnosticados con TEA como tal, lo que daría mayor información que no solo entre aquellos que tienen sintomatología de autismo.
Igualmente la incorporación de un grupo de menores podría dar idea sobre si estas interferencias se observan desde la infancia y se mantienen en el tiempo o no.
A pesar de lo anterior, hay que destacar la importancia de este estudio en la constatación de que los adultos con autismo sufren “interferencias” en su procesamiento sobre las circunstancias que le rodean cuando son sometidos al contacto físico, es decir, cambia su mundo cuando son tocados.
Algo que lejos de ser constatado debería ser objeto de estudio y análisis sobre qué hacer y cómo corregirlo, ya no solo para que pueda recibir el contacto de los demás, si no para que los que le rodean también puedan recibir el suyo.
Tal y como se ha señalado, el contacto no sólo es una forma de acercarse al otro, sino que es una forma de comunicar afectos, por tanto es necesario tanto darlo como recibirlo dentro de la sociedad, pero especialmente dentro de la familia.
Muchas veces los padres se quejan de que su hijo con autismo “los rechaza” porque no quieren ser tocados, pero lo que más echan en falta es que sus pequeños les demuestre algún tipo de afecto aunque sea con un abrazo.
Por tanto en esta intervención de contacto habría que entrenar tanto a los pequeños con autismo como a los padres para que ayuden al menor en su desarrollo.