¿Sabe que tratando el FOMO se previene la depresión?

El FOMO es un fenómeno que se describió por primera vez hace unos años, y son las siglas en inglés de Fear of Missing Out, lo que significaría miedo a quedarse fuera, o a perderse lo último en relación con las redes sociales, noticias, etc…
Hay que tener en cuenta que el nivel de uso tecnológico va a depender del país del que se esté hablando, así en Estados Unidos el 68% de los adultos tienen Facebook, el 78% de los jóvenes tienen Snapchat y el 71% usan Instagram.
Algunas investigaciones han presentado una relación directa o indirecta entre el uso y abuso de la tecnología con el nivel de depresión e incluso con el suicidio, especialmente entre las jóvenes adolescentes.
Entre las explicaciones al respecto se encuentra el fenómeno de la comparación social, es decir a algunas personas mirar a otros les hace sentir mal por no tener su mismo nivel de desarrollo económico, disfrutar de unas hermosas vacaciones o tener una bonita, lo que puede llevar a una baja autoestima y a la depresión.
Aunque no se trata de una realidad, ya que únicamente se realiza una selección de los muchos contactos y fotografías que a diario se comparten, teniendo en cuenta que no se suele compartir los estados de ánimo negativos, ni las peleas con la pareja, ni cuando se cancelan las vacaciones.
Es decir, en las redes sociales se trata de dar la mejor imagen posible, aspecto que no llegan a comprender algunos jóvenes que piensan que, la vida de los demás es mejor que la suya propia, lo que puede llevar a un estado de ánimo depresivo y a una insatisfacción general con su propia vida, esta relación entre las redes sociales y la salud psicológica parece que se va perdiendo a medida que la persona va madurando pero, ¿Interviniendo en el FOMO se previene la depresión?

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Esto es lo que ha tratado de averiguarse con una investigación realizada desde la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.) cuyos resultados acaban de ser publicados en la revista científica Journal of Social and Clinical Psychology.
En el estudio participaron ciento cuarenta y tres estudiantes universitarios matriculados en la carrera de psicología, de los cuales el 75% eran mujeres, y como único requisito que se pidió para participar fue que tuviesen cuentas en Facebook, Instagram y Snapchat y su propio smartphone.
Se formaron dos grupos asignando aleatoriamente a los alumnos a cada uno de ellos, el primero recibió instrucciones sobre el manejo de las distintas plataformas, limitándose tanto en cuanto a duración y plataforma de uso, así únicamente se les dejaba usar cada una de las plataformas por un máximo de 10 minutos al día, es decir, podían dedicar un máximo de 30 minutos al día a las redes sociales, mientras que el segundo actuaría como grupo control usando las redes sociales sin ninguna limitación.
Durante una semana se evaluó sin intervención ninguna a los dos grupos, como medida de la línea base sobre la que comparar.
Se tomaron medidas semanales del soporte social percibido mediante el e Interpersonal Support and Evaluation List (ISEL); la dependencia a las redes sociales mediante el Fear of Missing Out Scale (FoMOs); el sentimiento de soledad mediante el UCLA Loneliness Scale, los niveles de ansiedad mediante el Spielberger State-Trait Anxiety Inventory (STAI-S); la sintomatología depresiva mediante el Beck Depression Inventory (BDI-II); el nivel de autoestima mediante el Rosenberg Self-Esteem Scale (RSES) y el nivel de autoaceptación mediante el Ryff Psychological Well-Being Scale (PWB).

Los resultados muestran que aquellos alumnos a los que se les limitó el uso de las redes sociales tuvieron una reducción significativa de la sintomatología depresiva y del sentimiento de soledad en sólo tres semanas comparado con el grupo control, resultados que ya se observaron durante la primera semana de intervención y que se mantuvo mientras duró el experimento.
Entre las limitaciones del estudio comentar el bajo número de participantes, así como el perfil de los mismos, estudiantes universitarios, lo que no permite extrapolar los hallazgos a otra población juvenil.
Igualmente, uno de los requisitos de la investigación fue que tuviesen cuentas activas en las tres redes sociales, lo que excluye a aquellos jóvenes que se decantan por una u otra red social en exclusiva.
A pesar de las limitaciones anteriores es importante destacar el efecto positivo de dicha restricción en cuanto al tiempo.
Muchos padres preguntan a los docentes sobre qué se puede hacer con el menor, sobre todo cuando este pasa demasiado tiempo frente a el ordenador o con el smartphone.
Esta investigación permite afirmar que limitar el tiempo de uso de las redes sociales no sólo va a ayudar al menor a tener más tiempo libre para poder interactuar con la familia, con los amigos e incluso para estudiar, sino que eso va a permitirle prevenir problemas de estado de ánimo y de depresión que pueden llegar provocar el uso y el abuso de dicha tecnología.