Presentación del libro “Heridas en el corazón. El poder curativo del perdón”

El valor del perdón: Entrevista completa a D. Javier Schlatter Navarro, Médico Psiquiatra en Universidad de Navarra, quien nos presenta su último libro titulado “Heridas en el corazón. El poder curativo del perdón”

Ficha del libro:
Título: “Heridas en el corazón. El poder curativo del perdón”
Editorial Rialp
Colección de bolsillo.
ISBN: 978-84-321-4327-4
Año de publicación: 2013
Nº Páginas: 160
PVP 13 €, en papel.

A continuación transcribo entrevista completa a D. Javier Schlatter Navarro, quien a través de su última obra titulada “Heridas en el corazón. El poder curativo del perdón” nos desvela la importancia de perdonar y vivir sin rencores..

¿Cómo surgió la idea de Heridas en el corazón. El poder curativo del perdón y cuál es su objetivo?

“Heridas en el corazón” es un proyecto que llevaba madurando varios años. La experiencia diaria de la consulta te brinda conocer de primera mano innumerables situaciones de daño o traumáticas, y las diferentes respuestas de la persona ofendida. El conocimiento de la persona es algo que nunca deja de sorprender por su enorme riqueza y capacidad. Una de las realidades que pertenecen a ese tesoro es la posibilidad de perdón. El perdón transforma al que lo concede, al que lo recibe, y a la relación entre ambos. No sólo supone muchas veces un empezar de nuevo, sino que puede conllevar una superación de la situación anterior a la ofensa.
En todo caso, el detonante para escribir el libro fue la combinación sorprendente de dos consultas muy distintas. En una, se trataba de un matrimonio que llevaban veinte años casados. Ella acababa de enterarse que él le había sido infiel en una ocasión poco después de la boda. Tras una primera consulta solicitaron ayuda terapéutica y venían ese día para comenzarla. Antes de empezar, ella quiso entrar sola, y me dijo que no podía, que se sentía incapaz de perdonarle y convivir con él. Al rato pasó él, que decía entender el disgusto de ella pero que ese había sido su único error y lo reconocía, a la vez que decía “creo que tengo derecho a ser perdonado”. Al rato se habían marchado sin un cambio de postura de ella, y yo, frustrado. Días antes, atendí a una señora de edad avanzada que venía por un cuadro de insomnio. Al realizar la historia, me contó que cuando tuvo su cuarto hijo, su marido la dejó de improviso. Ella intentó que volviera sin éxito. Afortunadamente, tenía recursos económicos y capacidad de pelea, y sacó a los hijos adelante. Veinte años después le llamó él, diciéndole que estaba en los últimos meses de su vida por un cáncer. La mujer con la que había convivido esos años le había dejado porque no soportaba verle morir. Esta señora le acogió en su casa, con el enfado de algunos hijos ya mayores, y afirmaba que no sólo le atendió hasta la muerte, sino que le había perdonado de corazón.
El libro es un análisis del perdón como fenómeno con un lenguaje al alcance del gran público. Abarca diversos puntos de vista (psicológico, fenomenológico, cultural, social, etc.), haciendo especial hincapié en el perdón como proceso y en las características que lo facilitan, tanto en la persona ofendida como en la que pide perdón. No es un libro de autoayuda, pero sí se parece a un mapa que señala el recorrido de la persona que quiere perdonar, reforzado con ejemplos y citas de diversos autores. Por último, incluye los beneficios sobre la salud mental y física que produce en las personas que se benefician del perdón.

¿Se puede perdonar sin olvidar?

Sí. En principio, el perdón auténtico, completo, tiene como manifestación el olvido del dolor; no lógicamente de lo acontecido ni del daño que se produjo. Estaríamos hablando de un olvido emocional que supone que ha desaparecido el odio o rencor que produjo la ofensa; un olvido afectivo que me permite recuperar la situación afectiva previa a la ofensa; y conductual que me lleva a tratarle como si no hubiese existido la ofensa. En todo caso, no todo perdón es completo y eso no invalida que sea perdón ni lo falsea. En este sentido, puedo perdonar a alguien y a la vez no querer que la relación sea la misma que era antes de la ofensa, o puedo sentir que estoy perdonando pero todavía notar el dolor. Es más, hay procesos de perdón que duran toda una vida, aunque la persona tenga deseos de perdonar del todo.
Si detrás de la conocida frase “perdono pero no olvido” hubiera una decisión de no querer olvidar el dolor eso dificultaría o imposibilitaría el perdón; si se trata de afirmar que pese a que quiero perdonar no consigo olvidarlo, estaríamos en la situación ya mencionada, y por tanto sería un proceso de perdón no concluido.
Por último, como proceso, al inicio del perdón no solo no olvido sino que tengo que afrontar la realidad del daño y del dolor, y la posible intención del ofensor, para poder perdonarle.

¿El perdón es algo que aprendemos de pequeños, o sabemos por naturaleza perdonar?

Entiendo que el perdón es una capacidad natural con la que todos nacemos, pero que hemos de cultivar. En este proceso de aprendizaje intervienen además de algunas características de la propia personalidad (capacidad de empatía, flexibilidad cognitiva, sensitividad interpersonal,…), haber convivido en un hogar en que la actitud de perdonar y ser perdonado formara parte del día a día, así como haber disfrutado de un apego seguro. Posteriormente, las experiencias positivas o negativas de perdón, refuerzan nuestra actitud o la dificultan. Como excepción, las personas con personalidad antisocial o disocial – aún desconocemos en qué grado desde su nacimiento-, carecerán en mayor o medida de esta sensibilidad al perdón. Las personas con rasgos obsesivos, paranoides y narcisistas, también tendrán por distintos motivos dificultades menos marcadas para el perdón.

¿Cuáles son los efectos positivos del perdón?

Al sufrir una ofensa, el dolor tiende a generar una respuesta en parte defensiva, de protección, y en parte ofensiva, de devolver el daño con otro daño, que, de hacerlo, convertiría al ofendido en ofensor. Al perdonar nos liberamos del lazo que nos une al daño, a la ofensa, y al ofensor al que tendemos a identificar con dicha ofensa. Al perdonar, renunciamos al deseo de venganza y al resentimiento, emociones negativas de las que también nos liberamos. Las personas necesitamos vivir en el tiempo, mirando hacia delante, mientras que el resentimiento y el deseo de venganza nos atan al pasado, nos llevan una y otra vez al “lugar del crimen”. Por parte del que pide perdón, dar este paso le ayuda a superar su culpa, y vencer si lo hubiera el remordimiento. Ambos se benefician del restablecimiento de la relación, y en ocasiones de un fortalecimiento de la misma. El perdón enriquece al que lo concede y dignifica al que lo recibe. Como decía J. Burggraf “el perdón más que para conceder es para compartir”. En lo referente al bienestar y la salud mental, perdonar disminuye la patología mental, especialmente la reactiva, disminuye la necesidad del consumo de psicofármacos, y aumenta el umbral y tolerancia al dolor.

¿Cuáles son los efectos perniciosos de no perdonar?

A la persona ofendida que no quiere perdonar, solo le cabe la escapatoria de vengarse del daño o confiar en que el paso del tiempo cicatrice la herida. La venganza ya vimos que genera más venganza y dolor. No hacer nada por sanar la herida puede cronificar el círculo vicioso del daño-dolor, y generar un resentimiento perdurable en el tiempo. La infelicidad suele ser más por el resentimiento o rencor, que por el propio dolor de la ofensa. Estas emociones negativas producen también un aumento de sustancias (adrenalina, cortisol, o testosterona entre otras) que, de manera mantenida, pueden tener un efecto tóxico sobre el sistema cardiovascular, o de disminución de las defensas, por ejemplo. También en cuanto a la salud mental podrían ocasionar reacciones de ansiedad, o depresión, o de tipo conductual, por ejemplo con disminución del control de impulsos o diversas adicciones en un intento de “narcotizar” el dolor emocional.

¿Existe alguna formula de perdonar o basta con decir lo siento?

El perdón, que muchos entienden como una manifestación de amor, tiene tantas expresiones como el mismo amor. El modo de pedirlo dependerá de las claves del lenguaje de los interesados, cuando son personas que se conocen. En este sentido puede bastar una mirada, un abrazo, y por supuesto unas palabras de arrepentimiento, que siempre ayudan. Cuando la relación no es tan cercana, tampoco se puede decir que haya una fórmula pero sí que interesa que la persona exprese su arrepentimiento, que empatice con el ofendido y manifieste de algún modo que entiende que esté dolido y que comprendería que no le pudiera perdonar, que le diga que no lo hará más, que le dé si es posible alguna garantía al respecto, y que deje a la persona ofendida con la libertad para que la relación posterior sea la que ella quiera. En todo caso, y especialmente entre personas que se quieren, ayuda mucho, puede ser decisiva, una manifestación de afecto como conclusión.

¿Qué pasa si a la persona a la que le pides perdón no lo acepta?

Indudablemente esto dificulta –en ocasiones de manera notable- que el proceso de perdón se complete en la persona que ha causado la ofensa. Pero no lo impide. Lo principal en la persona que pide perdón es el arrepentimiento: su dolor por haber causado el daño, y su decisión de no hacerlo de nuevo en el futuro. Todo esto es posible sin la concesión del perdón. No hay que olvidar que el perdón es una decisión libre y que por tanto esta posibilidad que señala no es infrecuente.

¿Hay que pedirse perdón a uno mismo?

La mayoría de los autores sostienen que el perdón, en su sentido auténtico, solo te lo puede conceder otra persona, y no uno mismo. Personalmente, pienso que se usa esta expresión para significar otras realidades, como el arrepentimiento cuando entiendo que he actuado mal y, probablemente, la aceptación de mis limitaciones cuando es algo que no he conseguido; en este último sentido sería más propio hablar de “quererse” o aceptarse que “perdonarse”.

¿El perdón escusa la responsabilidad?

– ¿El perdón escusa la responsabilidad?
La responsabilidad hay que valorarla, como dice la propia palabra, como respuesta ante alguien o ante algo. Cuando pido perdón estoy afrontando y reconociendo mi responsabilidad en la ofensa. Por tanto, lejos de excusarla, el perdón la supone; de hecho es una manifestación razonable de responsabilidad, en la medida que el ofendido lo espera, y que puede aliviar su dolor y recomponer una relación previa, si fuera el caso. En todo caso, si la ofensa es merecedora de alguna pena o castigo, no elimina esa responsabilidad ante la justicia. El perdón no desprecia ni elimina la justicia, cuenta con ella y la sobrepasa.

¿Se puede perdonar a una persona que no tengas delante o que ha fallecido o que desconoces su identidad?

Se puede, aunque si falta el arrepentimiento del ofensor es más difícil perdonar. Esta situación exige una mayor “inversión” por parte del que perdona, que ha de asumir una cierta benevolencia o ignorancia en el ofensor, o sencillamente poner toda su capacidad de comprensión, generosidad y afecto –si es el caso-, para convertir un daño contra mí que no me he merecido en una expresión de perdón hacia el otro que no se la merece por lo hecho. En todo caso, toda persona es más grande que su culpa. Por último, la capacidad de amar de una persona puede conseguir lo que humanamente parece imposible de sanar.

¿El mundo sería mejor si hubiese más personas que practicasen el perdón?

Estoy convencido de eso, y pienso que todos tenemos experiencia al respecto. Perdonar y pedir perdón nos hace mejores personas. El perdón es una fuerza expansiva, como el amor, se contagia, y genera “lugares seguros” en personas que se relacionan. En esto se parece al agradecimiento. Cuando alguien te agradece algo o te pide perdón, tú mismo te sientes más inclinado a agradecer y pedir perdón. Tiene un efecto emocional de tipo “viral” que repercute positivamente en el ambiente que le rodea.

¿Está trabajando en un nuevo libro?

Desde hace años, me gusta tener varios proyectos a la vez, de manera que “pacíficamente” pueda incorporar contenidos y experiencias, y esperar que uno de ellos madure para lanzarme a la fase de redacción. Ahora tengo un proyecto avanzado de un libro más de tipo autoayuda con un contenido psicoeducativo que permita una base más sólida en el cambio sobre el perfeccionismo. El tiempo dirá.

Desde aquí mi más sincero agradecimiento a D. Javier Schlatter Navarro, Licenciado en Medicina por la Universidad de Cádiz. Realizó la especialidad de Psiquiatría en la Clínica de la Universidad de Navarra. Doctor en Medicina por esa universidad en 2002 con la tesis “Patrones de función monocitaria como marcadores biológicos de la Distimia y del Episodio Depresivo”. Subdirector del Departamento de Psiquiatría y Psicología Médica. Profesor asociado de la asignatura de “Psicología”. Ejerce su labor asistencial en la sede de la Clínica de la Universidad de Navarra en Madrid. Autor de “La ansiedad. Un enemigo sin rostro” (Ed. Eunsa, 2003), “Supera la ansiedad y el estrés en tu vida diaria” (Ed. Everest, 2005), y “Ser felices sin ser perfectos. Estrategias de cambio para un anancástico” (Ed. Eunsa, 2010). Así como diversos artículos y monografías de carácter científico, por habernos adentrando en el conocimiento de la Educación de la mano de su última obra titulada “Heridas en el corazón. El poder curativo del perdón”.

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